El Cisne de Acero: la guerra que no sabemos nombrar nos está ganando
Por Benoît Thieulin y Pierre Vallet — Le Grand Continent, 17 de mayo de 2026
Hay una guerra en curso que la mayoría de los europeos no sabe cómo llamar. No es la guerra de los tanques, aunque coexiste con ella. No es exactamente la propaganda, aunque se sirve de ella. Es algo más profundo y más difícil de combatir: una guerra por el tejido mismo de la realidad compartida, por la capacidad colectiva de percibir, interpretar y actuar. Se la llama guerra cognitiva, y Europa no tiene doctrina para enfrentarla.
La guerra cognitiva no es nueva, pero ha cambiado de naturaleza. Durante décadas, se entendió como una extensión de la diplomacia y la propaganda: mensajes dirigidos a audiencias específicas, narrativas diseñadas para influir en decisiones concretas. Lo que el artículo de Thieulin y Vallet revela es que ese modelo ha quedado obsoleto. Hoy, el campo de batalla es el cerebro humano en su conjunto —su atención, su capacidad de juicio, su confianza en las instituciones— y el objetivo ya no es convencer, sino paralizar.
Lo que hace especialmente relevante este análisis es su insistencia en un punto que solemos ignorar: la guerra cognitiva no es un dominio separado de los otros cinco espacios del conflicto —tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio—. Los autores señalan explícitamente que aunque a veces se la califica como el "sexto ámbito", esa tipología es engañosa. La guerra cognitiva no está al margen de los demás dominios: al constituir una capa de interpretación de todas las acciones militares, es hoy el ámbito que los determina y les da sentido. El sabotaje de un cable submarino solo se convierte en acto político por el relato que lo acompaña. Una campaña de desinformación solo produce efecto duradero si se apoya en hechos físicos verificables. Son vasos comunicantes, no compartimentos estancos. Nuestros adversarios han aprendido a articular ambos registros de forma permanente. Nosotros seguimos tratándolos por separado.
Un artesano bajo las bombas
Para entrar en materia, los autores nos presentan a Volodimir Solovian: doctor en Filosofía, director del Hybrid Warfare Analytical Group en Kiev, que con dos becarios monitorea canales rusos de Telegram en seis idiomas para seguir las campañas de influencia que Moscú despliega sobre las elecciones europeas —Rumanía, Moldavia, Alemania, Polonia, República Checa—. Durante la reunión en que presenta sus herramientas, suenan las sirenas. Un MiG-31 ruso ha despegado, posiblemente cargado con un misil hipersónico. La alerta durará once minutos. Nadie se levanta. La charla continúa. Solovian echa un vistazo a su teléfono y sigue hablando.
En Ucrania, la guerra de información se libra bajo el fuego de las bombas. En Francia y en el resto de Europa, la profesión de Solovian no existe.
Hay instituciones: Viginum en Francia, la DSA en Bruselas, el Rapid Alert System, la célula FIMI del SEAE. Hay esfuerzos sinceros detrás de esa miríada de acrónimos. Pero ninguna estructura cubre realmente la zona gris entre el momento de la acción cinética y el momento en que su interpretación se convierte en batalla cognitiva. Y la asimetría de recursos es devastadora: Rusia gasta más de dos mil millones de dólares anuales solo en su maquinaria de propaganda internacional. Europa movilizó el año pasado entre 20 y 25 millones. Una proporción de 25 a 1.
Tres escuelas, un ecosistema
Para comprender la amenaza, los autores distinguen tres grandes tradiciones de guerra cognitiva que hoy convergen.
La escuela estadounidense opera sobre el sistema límbico: juega con la emoción, el miedo, la indignación, la ira. Los trabajos de Soroush Vosoughi y su equipo en el MIT documentaron lo que los profesionales ya sabían: los contenidos que generan miedo o ira se propagan seis veces más rápido que los neutros. Las plataformas están optimizadas para amplificar esa activación emocional. Bajo la administración Trump, este fenómeno sistémico se ha convertido de forma explícita en arma: el secretario de Estado Marco Rubio ordenó campañas coordinadas de contrapropaganda a través de X, reclutando influencers locales para difundir "de manera orgánica" narrativas financiadas por Estados Unidos. El Global Engagement Center, que rastreaba operaciones extranjeras, fue clausurado y reemplazado por un dispositivo ofensivo.
La escuela china apunta a la corteza prefrontal: la atención, la concentración, la capacidad de juicio. Su objetivo predilecto son las generaciones más jóvenes. TikTok es su aplicación canónica: la versión china de la misma plataforma —Douyin— ofrece contenido educativo con límites de tiempo de pantalla para menores; la versión exportada al mundo está optimizada para el scroll infinito y la gratificación instantánea. Detrás de esta asimetría deliberada está la doctrina de las "Tres Guerras" del Ejército Popular de Liberación: guerra psicológica, guerra mediática y guerra jurídica, a las que se suma ahora la batalla por la degradación cognitiva progresiva del adversario.
La escuela rusa actúa sobre el marco de referencia lógico más que sobre la emoción inmediata. Su mecanismo es la "contaminación de las premisas", teorizada por Vladimir Lefebvre hace sesenta años y potenciada hoy por la saturación informativa contemporánea. La particularidad rusa es que no busca que el adversario acepte sus conclusiones, sino que razone desde las premisas que ella misma ha instalado. Como explica Roman Kulchynskyy, de la ONG Texty.org.ua: "Rusia quiere que Francia abandone la OTAN, pero aunque no lo consiga, eso no tiene importancia para Moscú. Lo que importa es sembrar el caos, dividir a Francia". La polarización no es un medio: es el fin en sí mismo.
Las tres escuelas no compiten entre sí, sino que se refuerzan mutuamente. La infraestructura algorítmica estadounidense sirve como vector de difusión del caos ruso. La degradación cognitiva china prepara un terreno en el que los marcos interpretativos de Moscú resultan más eficaces. La activación emocional permanente de las plataformas estadounidenses provee el "combustible límbico" que el Kremlin explota. Lo que combatimos no es un sistema aislado de propaganda estatal, sino un ecosistema convergente.
El Cisne de Acero
Es aquí donde el artículo introduce su aportación más original. En 2023, el mayor general Yuriy Danyk —veterano de combate, antiguo rector del Instituto Militar de Jytomyr, hoy profesor en el Instituto Politécnico Igor Sikorsky de Kiev— publicó junto a Chad M. Briggs un artículo académico que introduce el concepto de Steel Swan, el Cisne de Acero. En 2026, bajo los bombardeos, publicaron una versión ampliada que añade la metáfora de la "trampa de Gorgona".
Su tesis es radical. Los modelos clásicos de guerra informativa, heredados del control reflexivo soviético, funcionaban de forma quirúrgica: inyectaban un paquete de información preciso, en un momento determinado, para orientar una decisión concreta. El documento falso, la filtración organizada, la narrativa dirigida. Danyk y Briggs argumentan que ese esquema ha quedado obsoleto. Las operaciones modernas ya no se centran en una decisión, sino que atacan el propio entorno cognitivo. "El campo de batalla de esas guerras —escriben— su territorio, es el cerebro humano". Hemos pasado de la balística a la contaminación, de la operación quirúrgica a la intoxicación de la atmósfera.
El adversario ya no busca que tomemos la decisión equivocada. Busca que toda decisión resulte imposible.
Para lograrlo, opera sobre lo que los autores describen como la "matriz de densidad" de una sociedad: no un vector de opinión uniforme, sino un sistema capaz de albergar simultáneamente creencias contradictorias. Las mismas personas pueden, según el tema, la hora o la plataforma, sostener posiciones incompatibles sin percibir la contradicción. Este estado superpuesto no es patológico —es una característica de nuestras "sociedades de Schrödinger" contemporáneas— pero es, para el enemigo, la falla explotable.
El adversario ataca esa matriz con dos estrategias simultáneas. La primera es el "ruido blanco": no mentir sobre un tema concreto, sino crear una multiplicación de versiones sobre todos los temas, añadiendo dimensiones al espacio de las hipótesis hasta que nadie pueda distinguir una versión de otra. No se busca que el destinatario crea la versión rusa, sino construir un mundo en el que ya no pueda distinguirla de cualquier otra. La segunda es el "ruido negro": desacreditar a los medios, las instituciones, los expertos y los verificadores de datos no contradiciéndolos, sino ahogándolos en el ruido. Cuando todo el mundo habla, quien dice la verdad no es más que una voz entre otras. Cuando la visibilidad en las plataformas viene dictada por la emoción, todo vale lo mismo y ningún tema puede jerarquizarse legítimamente.
Al término de este proceso, la entropía de la matriz ha aumentado de forma exponencial: ni el ciudadano, ni el periodista, ni el responsable político pueden ya atribuir una probabilidad de veracidad a lo que leen, oyen o ven. Es ese desequilibrio lo que Danyk y Briggs denominan el Cisne de Acero.
Nassim Taleb popularizó el cisne negro para referirse al evento que nadie vio venir. Los economistas hablan del cisne blanco para designar el fenómeno que todos ven pero nadie quiere reconocer. El cisne de acero es distinto: se materializa cuando la capacidad de analizar, decidir y actuar ha sido destruida de antemano. El acontecimiento está ahí, pero el sistema ya no puede responder. Ha sido anestesiado antes de ser alcanzado.
El ejemplo que proponen los autores es contundente. En febrero de 2022, todo el mundo sabía dónde estaban los tanques rusos: los satélites estadounidenses los mostraban, los servicios británicos llevaban semanas alertando, las imágenes eran públicas, verificables e irrefutables. Sin embargo, en las cancillerías europeas, en las redacciones, en el Elíseo, en Berlín, incluso en el propio Kiev —como reconoció el presidente Zelenski— nadie creía realmente en la invasión. Se hablaba de maniobras, de presión, de que Putin no se atrevería. Todas las interpretaciones coexistían y todas parecían plausibles. Ninguna desencadenó ninguna acción para detener a Rusia. Durante años, el Kremlin había instalado tantas explicaciones alternativas que la realidad más evidente sobre sus intenciones se había convertido en una opinión entre otras.
En su estado terminal, el Cisne de Acero produce lo que Danyk llama "necrosis institucional": la institución no se queda paralizada, sino que actúa en contra de sus propios intereses, respondiendo a señales fabricadas o cognitivamente sin salida. Es una democracia que reduce su ayuda a un aliado agredido invocando prudencia presupuestaria. Son unos medios que conceden el mismo espacio al agresor y a su víctima en nombre del pluralismo. Es un electorado que castiga al partido que alerta sobre la amenaza porque lo percibe como belicista. Algunas democracias europeas, advierten los autores, ya han caído en esa necrosis.
La verdad como arma estratégica
Frente a todo esto, el ecosistema ucraniano de la guerra informativa ha desarrollado una respuesta que los autores llaman "verdad ofensiva". El consenso entre los practicantes es claro: el desmentido factual —el debunking, el fact-checking— es necesario pero insuficiente. Siempre llega tarde. El campo de batalla informativo es una saturación de desinformación que cambia cada hora, y ese es precisamente el sello distintivo del Cisne de Acero. Lo que hace falta no es reaccionar a las mentiras, sino construir un relato más sólido, más verificable y, sobre todo, más continuo antes de que el adversario tome el control del marco interpretativo.
El caso más ilustrativo es DeepState, un mapa interactivo que documenta en tiempo real la línea del frente ucraniana, accesible gratuitamente en deepstatemap.live, cofundado por Roman Pohorilyi, estudiante de Derecho de 26 años. El mapa es alimentado por los propios soldados —desde el simple recluta hasta el comandante de brigada— y cuenta con mil millones de visitas. Se ha convertido en la referencia para el New York Times, la BBC y el International Crisis Group. El segundo mapa más fiable después del del Estado Mayor es colaborativo, gratuito y funciona con cien voluntarios.
Durante la batalla de Pokrovsk en el invierno de 2025-2026, un comandante de brigada transmitía al cuartel general información falsa asegurando que la situación estaba bajo control. El portavoz de la unidad declaró públicamente que "solo cinco rusos" habían cruzado la línea. DeepState publicó la realidad: mapas, bajas, posiciones. La onda de choque fue inmediata. El presidente ucraniano intervino, llegaron refuerzos, se recuperó territorio, se neutralizaron entre 200 y 300 soldados rusos. El comandante fue sancionado. Pohorilyi extrae la lección: "La verdad, por corrosiva que sea, es más fuerte que la niebla de la guerra. Es un arma estratégica, no un lujo democrático".
De esa experiencia, los autores destilan cuatro principios. El primero es la transparencia radical: decir la verdad incluso cuando es desagradable, porque la mentira destruye la moral con más certeza que la propia verdad. El segundo es la independencia como activo estratégico: las ONG ucranianas más influyentes rechazan la financiación estatal precisamente porque su credibilidad internacional depende de ello. El tercero es la autoorganización de la sociedad civil: al comienzo de la guerra, cientos de informáticos se coordinaron en 48 horas sin órdenes ni estructura formal, y el Estado los fue integrando progresivamente sin necesidad de institucionalizar la red. El cuarto es que en la guerra de la información, la doctrina surge de la práctica, no al revés.
La paradoja del mentiroso
Hay una ironía amarga en el funcionamiento de la maquinaria rusa que los autores señalan con precisión. Al industrializar la producción de relatos destinados a Occidente, Putin se ha convertido en su propio sujeto ideal: esas narrativas han acabado por convencerlo a él mismo. Los servicios de inteligencia rusos, ampliamente corruptos, alimentan al Kremlin con informes embellecidos para asegurar su propia supervivencia. Y las fábricas de trolls que producen desinformación para votantes franceses o alemanes generan también informes de actividad —necesarios para justificar sus presupuestos— que ascienden por la cadena de mando y acaban en el escritorio de los asesores del presidente. La mentira fabricada para el exterior se convierte en inteligencia interior. Putin, como señaló Hannah Arendt del sujeto ideal del régimen totalitario, ha perdido la distinción entre realidad y ficción.
Eso no es tranquilizador: un régimen que se miente a sí mismo sigue siendo capaz de decisiones brutales. Pero enseña algo sobre el arma que combatimos: es tóxica para quien la maneja. Lo que Ucrania demuestra desde hace cuatro años es que la verdad, por difícil que sea, genera una ventaja acumulativa. Rusia demuestra que la mentira, aunque eficaz a corto plazo, acumula un lastre estratégico que crece con el tiempo.
Para Europa, la consecuencia es clara: elegir la verdad no es solo lo más justo desde el punto de vista moral. Es, sobre todo, lo más estratégico.
Cinco propuestas concretas
El artículo concluye con cinco propuestas dirigidas a Francia antes de 2027, pero de alcance evidentemente europeo. La primera es llevar a cabo, en los próximos doce meses, un ejercicio nacional de crisis cognitiva híbrida: un escenario que combine un suceso físico de difícil atribución, una campaña de desinformación sincronizada y una saturación informativa en plataformas y chatbots, con participación real de agencias, ministerios y ciudadanos. La segunda es establecer canales operativos concretos de cooperación con el ecosistema ucraniano —no acuerdos marco firmados con pompa, sino intercambios de alertas en tiempo real entre Viginum y el StratCom Center, entre analistas franceses y Texty.org.ua, entre los servicios de contrainteligencia y Molfar. La tercera es la formación acelerada de los miles de comunicadores institucionales que hoy no han recibido ninguna preparación sobre narrativas hostiles, prebunking o detección de deepfakes. La cuarta es la protección de los portadores de la verdad —académicos, periodistas, representantes electos, activistas— frente a campañas de acoso coordinadas desde el extranjero, con medios jurídicos, técnicos y financieros equivalentes a los que recibirían ante una amenaza física. La quinta, la más difícil, es la construcción de un relato nacional deseable: no propaganda gubernamental, sino lo que Bruno Latour llamaba una "orientación", un relato en el que una sociedad pueda reconocerse y desde el que pueda situarse en el mundo. Estonia lo ha construido en torno a la soberanía digital y la memoria de la ocupación. Ucrania, en torno a la dignidad y la resistencia. En Francia, en Europa, ese relato está fragmentado, caricaturizado, instrumentalizado hasta perder todo peso. Las elecciones presidenciales de 2027, concluyen los autores, pueden ser la ocasión de reconstruirlo.
Este texto se basa en el artículo "Ucrania lucha contra un enemigo que aún no comprendemos", publicado el 17 de mayo de 2026 en Le Grand Continent, fruto de una misión de observación en Kiev del 30 de marzo al 5 de abril de 2026 en la que los autores visitaron diez organizaciones ucranianas dedicadas a la lucha informativa.




