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¿Por qué hablamos de guerreros?

¿Por qué hablamos de guerreros?

Formación humana, antifragilidad y el instrumento militar que viene

Escrito por Alumno 16 y GiuliA
Conocimiento híbrido en acción
DTTR no busca consenso. Busca desplazamiento mental.

El soldado pertenece a un sistema que busca control.
El guerrero pertenece a un sistema que acepta el caos.

Esa diferencia no es semántica ni romántica: es estructural. El conflicto que viene ya no admite refugios. Ni en la jerarquía, ni en el procedimiento, ni en la tecnología. En un entorno saturado de información, decisiones comprimidas en segundos y sistemas que fallan bajo estrés, la figura del soldado —entendida como ejecutor de órdenes en un marco estable— resulta insuficiente. El guerrero del siglo XXI no se define por la épica ni por la fuerza, sino por su capacidad de sostener responsabilidad humana en medio del caos, aprender del impacto y salir fortalecido allí donde otros solo resisten o colapsan.

Ese escenario futuro no se caracteriza por la magnitud del enfrentamiento, sino por su densidad. Múltiples capas de conflicto superpuestas —tecnológicas, informativas, cognitivas y morales— reducen el tiempo disponible para decidir y amplifican el costo del error. En ese contexto, la fragilidad no se manifiesta como falta de valor, sino como dependencia excesiva de estructuras rígidas, certezas previas o sistemas que prometen control. El guerrero del siglo XXI debe estar formado para operar cuando esas muletas desaparecen, asumiendo que la presión, la fricción y la incertidumbre no son anomalías del combate, sino su estado natural.

En este marco, el objetivo ya no puede ser formar individuos que simplemente resistan la presión, sino seres humanos capaces de mejorar a partir de ella. Los sistemas que buscan proteger en exceso, eliminar el error o aislar del impacto producen sujetos frágiles: eficientes en condiciones ideales e inútiles cuando el entorno se degrada. El guerrero del siglo XXI se forja, en cambio, mediante la exposición progresiva al estrés, la toma de decisiones con información incompleta y la asunción temprana de consecuencias reales. No se trata de endurecer por endurecer, sino de diseñar una formación que transforme la fricción en aprendizaje y el caos en criterio.

Nassim Nicholas Taleb denomina antifrágiles a aquellos sistemas que no solo sobreviven al desorden, sino que se benefician de él. Esta idea resulta central para pensar al guerrero del siglo XXI. Mientras la fragilidad se quiebra ante el estrés y la robustez apenas lo tolera, la antifragilidad incorpora el impacto como insumo de crecimiento. Aplicado al factor humano, esto implica abandonar la obsesión por la previsibilidad y aceptar que la incertidumbre no es un fallo del sistema, sino su condición estructural. El guerrero antifrágil no busca certezas absolutas: desarrolla criterio para decidir cuando no las hay.

El problema es que gran parte de los sistemas de formación militar aún responden a una lógica inversa. Se privilegia la estandarización extrema, la eliminación del error y la subordinación cognitiva, como si el combate futuro pudiera reducirse a la correcta ejecución de un procedimiento. Ese modelo produce soldados funcionales dentro del sistema, pero vulnerables fuera de él. Cuando la cadena se rompe, la información es contradictoria o la orden no llega, la estructura colapsa. Frente a eso, hablar de guerreros no es un gesto romántico, sino una advertencia: el instrumento militar que viene debe ser diseñado para operar en la ruptura, no para negarla.

Formar guerreros del siglo XXI exige una institución educativa radicalmente distinta a la heredada. No una escuela orientada a la transmisión de contenidos, sino un entorno de formación diseñado como sistema adaptativo. Una institución que exponga deliberadamente al alumno a fricción cognitiva, dilemas éticos y escenarios incompletos, en lugar de protegerlo de ellos. El objetivo no es producir conformidad, sino desarrollar criterio; no es premiar la obediencia mecánica, sino la capacidad de responder cuando el marco desaparece. En este tipo de institución, el error no se oculta ni se castiga de forma automática: se analiza, se metaboliza y se convierte en conocimiento operativo.

Una institución educativa orientada a formar guerreros del siglo XXI no se organiza por materias estancas ni por trayectorias lineales, sino por experiencias formativas encadenadas. Su estructura combina núcleos comunes —éticos, cognitivos y físicos— con entornos de simulación progresivamente más complejos, donde el alumno debe integrar información incompleta, presión temporal y consecuencias reales. Se vale de herramientas como escenarios dinámicos, ejercicios con variables abiertas, evaluación por decisiones tomadas y no solo por resultados obtenidos, y rotación permanente de roles para evitar la cristalización de identidades tempranas. La tecnología cumple un rol instrumental, no rector: amplifica el aprendizaje, pero nunca reemplaza el juicio humano. El objetivo final no es certificar competencias aisladas, sino construir un individuo capaz de orientarse, decidir y actuar cuando el sistema deja de ofrecer respuestas.

Hablar de guerreros no es una elección semántica, es una definición de futuro. Implica asumir que el instrumento militar que vendrá no podrá apoyarse en certezas heredadas, ni en estructuras pensadas para un mundo que ya no existe. El guerrero del siglo XXI es el resultado de una formación que acepta la incertidumbre, diseña para el error y convierte la presión en ventaja. No se lo forma para ejecutar lo previsto, sino para responder cuando lo imprevisto irrumpe. Si el conflicto del mañana exige seres humanos capaces de sostener decisiones irreversibles en escenarios rotos, entonces la pregunta ya no es si podemos permitirnos este cambio, sino si podemos permitirnos no hacerlo.

El guerrero que el futuro no puede destruir.

El guerrero que el futuro no puede destruir.